La votación celebrada este domingo en la Cofradía de Minerva y Veracruz de León deja una profunda sensación de decepción para quienes creemos que la igualdad plena dentro del mundo cofrade no debería seguir siendo objeto de debate en pleno siglo XXI. Finalmente, las mujeres no podrán vestir la túnica procesional.
La propuesta de modificación
estatutaria no ha logrado alcanzar la mayoría cualificada necesaria —dos
tercios de los votos emitidos— para salir adelante. Aunque la opción favorable
obtuvo un importante respaldo dentro de la cofradía, no fue suficiente para
superar el elevado umbral exigido para aprobar una reforma de esta
trascendencia.
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| https://www.europapress.es/castilla-y-leon/noticia-cofradia-minerva-veracruz-leon-dice-no-mujeres-puedan-vestir-tunica-procesiones-20260524144136.html |
Y aunque respetamos, como no puede
ser de otro modo, la legitimidad del procedimiento democrático seguido por la
cofradía y la soberanía de sus hermanos para adoptar esta decisión, resulta
inevitable expresar nuestra incomprensión ante un resultado que mantiene una
diferencia basada exclusivamente en el género.
Porque conviene recordar algo
esencial: no se estaba debatiendo una cuestión doctrinal. No se discutía un
dogma de fe ni un elemento esencial de la tradición cristiana. Se estaba
decidiendo, simplemente, si las mujeres —que ya pertenecen a la cofradía,
participan de su vida interna y sienten la misma devoción y el mismo
compromiso— podían vestir la misma túnica que los hombres. Y la respuesta ha
sido no.
Un problema estructural
Pero este caso no es aislado. En la
propia Semana Santa de León continúan existiendo varias cofradías que mantienen
restricciones de acceso o participación por razón de género: hermandades
exclusivamente masculinas que siguen sin admitir mujeres, y también una
cofradía integrada únicamente por mujeres que no permite la incorporación de
hombres. Porque la igualdad debe defenderse siempre y para todos.
No tiene sentido seguir vetando el
acceso o limitando la participación en una cofradía por cuestión de sexo, sea
cual sea el género excluido. Resulta difícil comprender que instituciones
fundamentadas en la fraternidad cristiana mantengan todavía barreras que
pertenecen más al pasado que a la sociedad actual.
Las mujeres llevan siglos
sosteniendo silenciosamente buena parte de la vida cofrade. Han bordado,
organizado, trabajado, transmitido la fe y mantenido vivas nuestras tradiciones
generación tras generación. Han estado siempre presentes y, sin embargo,
todavía hoy, en algunos lugares, continúan encontrando límites que jamás se
plantean para los hombres.
Resulta especialmente paradójico
que muchas de estas restricciones se mantengan precisamente en un momento
histórico en el que las propias cofradías necesitan abrirse, rejuvenecerse y
conectar con las nuevas sensibilidades sociales si desean garantizar su futuro.
Porque la igualdad no destruye las tradiciones: las fortalece, las hace más
justas, más coherentes y más representativas de la sociedad a la que
pertenecen.
El papel de la Iglesia y el camino hacia adelante
Y junto a todo ello surge también
una reflexión inevitable sobre el papel de la propia Iglesia ante estas
situaciones.
Más allá de declaraciones puntuales
o llamamientos genéricos al diálogo, se sigue echando en falta una postura más
clara, decidida y coherente frente a discriminaciones que difícilmente pueden
justificarse desde el mensaje evangélico. La Iglesia habla con frecuencia de
dignidad, fraternidad e igualdad de todos los bautizados; sin embargo, en
demasiadas ocasiones permite que determinadas situaciones de exclusión
continúen amparándose bajo el argumento de la tradición, incluso cuando afectan
directamente a derechos básicos de participación dentro de las propias
corporaciones religiosas.
La historia de las cofradías nunca
ha sido inmóvil. Las hermandades han evolucionado continuamente a lo largo de
los siglos: en su organización, en sus normas, en su composición social y en su
forma de entender la participación de sus miembros. Negar hoy a las mujeres la
posibilidad de vestir túnica no preserva la esencia de una cofradía; lo que
preserva es una desigualdad que cada vez resulta más difícil de explicar y de
sostener públicamente.
Aun así, este resultado no debe
interpretarse como el final del camino. Al contrario. El propio hecho de que
este debate haya llegado a votarse ya demuestra que existe una reflexión
interna abierta y una sensibilidad creciente dentro del mundo cofrade. Y cuando
determinadas preguntas empiezan a formularse de manera colectiva, tarde o
temprano las instituciones terminan afrontando los cambios que la sociedad
demanda.
Desde la Asociación Mujeres
Cofrades de Cartagena seguiremos defendiendo, con serenidad pero también con
firmeza, una Semana Santa en la que ninguna persona vea limitada su
participación por cuestión de género. Porque ninguna mujer —ni ningún hombre—
debería tener que pedir permiso para participar plenamente en una cofradía que
también siente como propia.
