Durante décadas, la imagen de una mujer bajo un paso de Semana Santa fue considerada, en muchos lugares, una posibilidad impensable. No existía una prohibición escrita en la mayoría de los casos; simplemente existía una tradición que, generación tras generación, había reservado esa función a los hombres.
Sin embargo, como
tantas otras facetas de la vida cofrade, también la carga de los pasos ha
experimentado una profunda evolución en las últimas décadas. Lo ha hecho de
forma desigual, con ritmos diferentes según los territorios, pero siempre
gracias al compromiso de mujeres y hermandades que entendieron que participar
plenamente en la vida cofrade también significaba poder compartir el esfuerzo
físico y espiritual de portar un trono o un paso procesional.
Hoy resulta difícil
imaginar la Semana Santa española sin la presencia de mujeres portando imágenes
en numerosas ciudades. Sin embargo, ese camino ha sido largo y merece ser
recordado.
Las primeras
pioneras
La historia del costal
femenino en España comenzó oficialmente en 1984, cuando la Hermandad
del Amor de Córdoba creó la primera cuadrilla íntegramente femenina para
portar el paso de la Virgen de la Encarnación. Aquella decisión constituyó un
verdadero acontecimiento dentro del mundo cofrade andaluz y abrió una puerta
que hasta entonces permanecía cerrada.
Pocos años después, en
1987, otro hecho marcaría un nuevo hito. La Hermandad de la
Expiración de Jódar (Jaén) constituyó la primera cuadrilla mixta oficial de
España, permitiendo que hombres y mujeres compartieran el mismo esfuerzo bajo
un paso. La igualdad dejaba de entenderse únicamente como acceso y comenzaba a
convertirse en verdadera participación compartida.
Ese mismo año nacía en
Granada la cuadrilla femenina de María Santísima de la Caridad, de la Hermandad
de la Sagrada Lanzada, que realizaría su primera estación de penitencia en
1988. Aquella cuadrilla acabaría convirtiéndose en uno de los grandes referentes
nacionales de la incorporación de la mujer al mundo del costal.
La expansión continuó
rápidamente. En 1988 surgieron nuevas cuadrillas femeninas en lugares como Ceuta
o San Roque (Cádiz), demostrando que aquella primera experiencia
cordobesa no era una excepción, sino el inicio de una transformación mucho más
profunda.
Granada: casi
cuarenta años abriendo camino
La reciente concesión
del premio Granadinas por la Libertad a la cuadrilla femenina de María
Santísima de la Caridad supone un reconocimiento que trasciende ampliamente a
una única hermandad.
La distinción reconoce
casi cuarenta años de trabajo silencioso, esfuerzo y compromiso de cientos de
mujeres que, lejos de buscar protagonismo, demostraron que podían portar un
paso con la misma dignidad, preparación y devoción que cualquier cuadrilla
masculina.
Aquella experiencia,
impulsada inicialmente por Paco Carrasco y continuada posteriormente por
Francisco Carrasco, terminó convirtiéndose en un referente para toda Granada.
Hoy numerosas hermandades granadinas cuentan con cuadrillas femeninas
plenamente consolidadas y la presencia de mujeres bajo los pasos forma parte de
la normalidad de su Semana Santa.
El reconocimiento
institucional recibido este año constituye, en realidad, un reconocimiento a
todas aquellas pioneras que hace casi cuatro décadas decidieron dar un paso
adelante.
Cartagena
también escribió su propia historia
La evolución vivida en
Cartagena presenta características propias que la convierten igualmente en un
ejemplo de integración progresiva.
El primer gran hito
llegó con la creación del Grupo de Damas Portapasos de la Despedida de Jesús
de la Santísima Virgen, perteneciente a la Agrupación del Ósculo de
la Cofradía California.
Aquella iniciativa
permitió, por primera vez en la ciudad, que un trono fuera portado
exclusivamente por mujeres, abriendo un camino que con el paso de los años
sería seguido por otras agrupaciones y cofradías.
La experiencia
demostró que la incorporación femenina no alteraba la esencia de la tradición
cartagenera, sino que la enriquecía, aportando nuevas generaciones de
portapasos comprometidas con la Semana Santa.
Años más tarde,
Cartagena volvió a convertirse en referente cuando, en 2016, el Trono
de la Sentencia de Jesús, también perteneciente a la Cofradía California,
realizó por primera vez una salida con carga mixta, convirtiéndose en el
primer paso cartagenero portado conjuntamente por hombres y mujeres.
Aquella decisión
representó un nuevo avance. No se trataba únicamente de crear espacios
específicos para mujeres, sino de compartir plenamente una misma
responsabilidad, un mismo esfuerzo y una misma devoción.
Una realidad
muy diversa
Hoy la situación en
España continúa siendo extraordinariamente diversa.
Existen ciudades donde
las cuadrillas femeninas y mixtas forman parte de la absoluta normalidad desde
hace décadas.
Otras mantienen
exclusivamente cuadrillas masculinas por decisión organizativa, sin que ello
suponga una exclusión para las mujeres, que participan en otros pasos o
agrupaciones.
Y todavía existen
algunas hermandades donde el acceso de la mujer a la carga continúa siendo
motivo de debate.
Esta diversidad
refleja que la evolución de la Semana Santa nunca ha sido uniforme. Cada
ciudad, cada hermandad y cada cofradía ha recorrido su propio camino.
Tradición que
evoluciona
La experiencia
acumulada durante estos cuarenta años permite extraer una conclusión
difícilmente discutible.
Allí donde las mujeres
comenzaron a portar pasos no desaparecieron las tradiciones.
No disminuyó la
solemnidad.
No se debilitó la
identidad de las hermandades.
No se perdió el
sentido religioso de las procesiones.
Ocurrió exactamente lo
contrario.
Las cuadrillas se
renovaron.
Se incorporaron nuevas
generaciones.
Se fortaleció la
participación.
Y muchas hermandades
descubrieron que abrir espacios de igualdad contribuía también a asegurar su
continuidad.
La historia de las
mujeres portapasos demuestra que la tradición no consiste en conservar
inmutable cada práctica heredada, sino en transmitir aquello que verdaderamente
le da sentido: la fe compartida, el compromiso, el servicio y la fraternidad.
Quizá por eso, cuando
hoy vemos a una mujer bajo un paso en Córdoba, Granada, Cartagena o tantas
otras ciudades españolas, ya no contemplamos una excepción.
Contemplamos una
realidad plenamente integrada en la vida de nuestras cofradías.
Y esa normalidad constituye, probablemente, el mejor ejemplo de que la igualdad, lejos de debilitar nuestras tradiciones, las fortalece y las prepara para seguir siendo patrimonio vivo de las generaciones futuras.
